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Otros textos de Rafael Román Martel. Director del periódico "El Despertador" NY. (Clickee  título subrayado)

 

 

Poema sin nombre


                              A Eglys Santos


En las casas pobres nunca es tarde para morir,
se siente la muerte en una brisa
que llega y vuelve por las ventanas.
Se dejan tantos lugares por visitar,
cosas que quedan como un gesto incompleto;
venas cortadas o ese instante de la última voluntad.
Las calles no cesan de gritar.
La muerte no es precisamente un escape
pero tampoco un recuento de logros.
Y se discute la noche, se sellan
cuentas en voz baja.
Algunos citan expresiones muertas.
Cuelgan bombillos, fotografías con un tono artificial,
libros abiertos en la mitad de la inconsecuencia.
Morir es una responsabilidad llena de preguntas
y el cielo un alcance repetido desde la niñez.
Las casas disfrazadas en porcelanas o ruidosas
cortinas
ocultando la intrascendencia de los ojos más fríos.
Vajillas que se estrenaron el día del visitante
y algo que quedó por decir,
algo de tal magnitud
que se estiró hasta el desvelo.
La muerte tiene llamas en los ojos
y un grupo de nombres para no quemarse sola.




Los Viajes


                    A Joaquín Gálvez

¿Acaso hemos sido víctimas de un catálogo
donde romper en mil colores los pedazos
nuestra vivencia quema
o tiene el dolor una puerta
vestida de pasaporte
o un rincón,
mejor, un papel que se niega a desprenderse
de raíces que pesan demasiado?

¿Acaso está definida la angustia
de tal ferocidad que también,
a pesar nuestro,
disfrazan la traición de sorteo,
acaso alcanzará el bolsillo
golpear tantas botellas de ron
sobre el rostro del poeta?

No seremos todos la máscara.
No seremos todos los que regresemos
con la cabeza baja,
para mostrar con elegancia el color de la miseria
como excusa.
No somos todos los que hemos olvidado
que un día apretamos con fuerza
la palabra Libertad.

Esta vez lo siniestro no amedrenta.
Esta vez el grito no apaga
la necesidad de lluvia que nos han arrancado.

Le dirán exilio,
entre risas, exilio,
entre viajes, exilio,
con un nudo en la garganta, exilio
madre, te amo, exilio,
pero no regresaré
        no regresaré
        no regresaré
para que me escupan la cabeza.




Gilgamesh

                         A Ernesto Briel  

Gilgamesh atraviesa el bosque.
Enkidu lo marcó con un sello
pintado de muerte.
Hijo del corazón de los dioses,
Gilgamesh,
de piedra es el silencio final.
     En Manhattan preguntan,
     Rondean el triángulo las voces
     que jamás podrán rozar
     los cuadros de tu chaqueta.
     Hablan de viajes, discursos,
     de esos sueños que no se acercan
     a los faroles que permean el pañuelo
     o la humanidad que en tus ojos
     vence las falsas simetrías.
     La metamorfosis del duende habla,
     se encoge, se retuerce.
     Extiendes  la mano,
     en lo alto la mirada.
     Entonces hay niños y reyes;
     nombres de un oriente lejos de  lo mucho
    que te han obligado a aclimatar.
Con un golpe de espada mueve las montañas,
no hay rival ni descanso de cabello
hasta los bancos del Eúfrates.
Gilgamesh, violencia yace en el rojo.
En la plata un filo
esparce su  olor de ópalo y de mármol.
    Los arrecifes son el movimiento,
    en tus pinceles,
    ciudades se definen liberando la vigilia,
    la última fuente que bautizó tu piel.
    Lo demás un océano.
    Allí,
    tu risa lenta se crece
    como una lluvia en la sed de los paraguas.






Un vacío en cada espacio
Por Rafael Román Martel

   Una de las venganzas del destino hacia los
exiliados es la inestabilidad, el desequilibrio
emocional que se manifiesta en inquietud geográfica.
El cubano deja su patria y se instala en Miami. No
está contento, porque siempre añora su tierra. El que
vive en New Jersey se gasta media vida hablando de
Miami y en la primera oportunidad se va de vacaciones
al sur. Finalmente se mudan y dicen estar con-tentos,
aunque algunos repiten que desean alejarse del
“cubaneo”. Paradójicamente, Miami está también repleta
de gentes de otros países y hay que irse de Miami.
Posiblemente ése sea el pretexto de paso. En cualquier
circunstancia el fin es irse a otro lugar. “Si
estubiesémos en Cuba sin Fidel no nos pasaría esto”,
dicen. Ya no están contentos fuera de Miami, tienen
que inventar otro lugar. Tienen que seguir huyendo. Ya
no saben precisamente de quien. Son libres de decir y
hacer todo lo que les venga en ganas. Materialmente
tienen más de lo que pudieron haber soñado en su país,
porque son luchadores, imaginativos, acarrean en ellos
casi una misión de “superarse”. Pero no están
contentos en ninguna parte. Contentos del todo.
Geográficamente satisfechos. Y asi seguiremos
inventándonos paraisos hasta que seamos capaces de
entender que nuestra búsqueda ruge en el laberinto de
lo ignoto.

    Sarcásticamente, hemos escapado de una maldición
materialista para caér en las garras de otra realidad
imperceptiblemente desgarrante. Al encontrar la
libertad en espacios extranjeros hemos quedado
atrapados en la incon-sistencia de la esperanza vital:
el regreso. Y no nos hemos percatado de que entre los
dos, el tiempo se ocupó de desplazarnos,
prometiéndonos en todo momento que regresaríamos al
punto de partida pero cuidándose mucho de cultivar
nuestra desorientación inicial; asi quedamos apresados
por los péndulos de su infinidad. La mayoría no
encontrará ese sentido de identidad del que huyendo
constantemente busca sin cesar, porque aún en Cuba no
estará familiarizada con una sociedad (para la mayoría
del exilio) desconocida. Esta será la mas afilada
ironía del azar, incluso aceptada por algunos que
dicen que en Cuba ya no estarían bien por tal o mas
cual razón.

Al dejar su tierra el cubano jamás a dejado de
amarla. Quizá en el exilio se ha sentido más cubano
que el Güanabacoa o en Cubitas, pero tiene un precio
que pagar, como nos dice Czeslaw Milosz en uno de los
ensayos mas completos que se hayan escrito sobre el
exilio: “Hemos sido catapultados hacia la
historia.....Entonces llegamos a la conclusión de que
el exilio no es sólo un fenómeno físico de cruzar
fronteras, porque crece en nosotros, nos transforma
interiormente y se convierte en nuestro destino.”

El exiliado cree haberle hecho una jugada al azar
porque evadió un futuro infelíz. Pero hay sorpresas.
El desquite es una inconformidad geográfica, hasta
cierto punto patológica, que como en un cuento de
Borges delira en pesadilla. En nuestro caso hemos
encontrado libertad espiritual, pero hemos sido
traicionados por el espacio. Estamos encerrados en una
“sirimba” geográfica de la cual la mayoría no
escapará.

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